Muchos pasos y contando

Autor: Emiliano Cantón

Queridos lectores, debo hacer una confesión. A lo largo de mi vida y mi carrera he entrado en contacto con diversos insectos, arácnidos, y bichos de muchos tipos. Conocerlos desde el punto de vista científico, adentrarse en sus peculiaridades, y entender las sorpresas que guardan, me ha permitido deshacerme de buena parte de esa repulsión que la población en general tiene hacia nuestros amigos quitinizados. A pesar de eso, hay un grupo de artrópodos que aún pueden despertar en mi interior un reflejo de rechazo si al acomodar  un retrato en la pared o despejar un montoncito de hojas en la terraza me sorprenden con su presencia. Los miriápodos, los siempre incomprendidos, son sobre quiénes platicaremos en este texto, y es el grupo al cual pertenecen los milpiés (clase diplopoda), ciempiés (clase chilopoda), ciempiés de jardín (clase symphyla) y la clase pauropoda.

¿Por qué estos animalitos habrían de causar tanta aversión inconsciente? Quizá sea su rasgo característico: el gran número de patas, todas moviéndose al caminar. Para nosotros poseedores de apenas dos piernas y dos brazos, semejante coordinación de patas nos resulta difícil de entender, y tal vez nos haga percibirlos aún más ajenos a nosotros que los propios insectos, con apenas 6 extremidades. De hecho, para ellos mismos sería una tarea difícil de realizar si ésta fuera coordinada de manera central en su cerebro. A lo largo de los segmentos del cuerpo de los miriápodos uno puede encontrar ganglios nerviosos, conjuntos de neuronas que procesan los estímulos de las patas y responden ahí mismo. Para compartir las “instrucciones” de movimiento entre los segmentos de estos organismos se ha propuesto una respuesta tipo onda. Es similar a lo que sucede en un estadio cuando el público hace una ola. No es realmente necesario ver todas las gradas, cada persona sabrá cómo reaccionar y cuándo levantarse con sólo observar lo que sucede en las butacas inmediatamente a sus costados. Esta solución descentralizada ya ha sido usada como inspiración para el diseño de robots autónomos, ya que les da mayor estabilidad, robustez si alguno de los componentes falla, y una mayor capacidad de navegación en terrenos complicados (1).

Contrario a los sustos que provocan y los mitos que los rodean, los miriápodos podrían considerarse organismos benéficos; pocos son plagas, y es inusual que sean un peligro real para una persona. De los dos grupos más conocidos, los milpiés son herbívoros, se alimentan de hojas y plantas en descomposición, por lo que son importantes en el ambiente para reciclar materia orgánica. Se desplazan de forma lenta y uno de sus mecanismos de defensa es enrollarse en una pequeña bola. Sin embargo, muchos también secretan sustancias irritantes para alejar a su predador, por lo que tampoco es muy recomendable tocarlos. Los ciempiés, en cambio, son predadores voraces y veloces, en su mayoría cazadores nocturnos. Las presas de los ciempiés son en gran medida otros artrópodos como los insectos (aunque los más grandes llegan a atacar aves y reptiles pequeños), así que incluso son un control natural de poblaciones de otros invitados no deseados en nuestros hogares. Pueden llegar a morder a humanos. Los ciempiés poseen fuertes mandíbulas y un par de patas modificadas que fungen como glándulas que inyectan un veneno en sus presas. La punzada de un ciempiés pequeño podría ser incapaz de penetrar la piel humana, pero aquella de uno de mayor tamaño puede ocasionar un intenso dolor e inflamación. El veneno de manera general no paraliza a las personas y las molestias son más bien temporales, pero algunos individuos pueden tener reacciones alérgicas importantes, aunque en muy rara ocasión fatales.

A todo esto,  ¿cómo podemos distinguir a un milpiés de un ciempiés? El número de patas no es buen indicativo. Algunas especies van adquiriendo más patas a medida que crecen y mudan su coraza para adquirir un tamaño mayor. Los nombres son engañosos, ya que en realidad no hay especie que tenga mil patas; en el planeta, la especie conocida con el mayor número de extremidades es Illacme plenipes con más de 600. El número de patas en estos grupos puede variar desde menos de 10 hasta varios cientos, con un promedio cercano a 300 para los milpiés. Entonces, si el número de pies no nos ayuda (y, en serio, ¿cómo podrías contarlos de un vistazo?), ¿qué hacer? Afortunadamente, hay rasgos anatómicos claros que nos permiten diferenciarlos. Para esto, veamos la siguiente figura, con un milpiés y un ciempiés.

 Milpiés (izquierda) y  Scolopendra gigantea,  un ciempiés (derecha). Imágenes tomadas de Getty Images/DigitalVision/Don Farrall y  http://www.lifeintherainforest.org/amazonian-giant-centipede

Milpiés (izquierda) y Scolopendra gigantea, un ciempiés (derecha). Imágenes tomadas de Getty Images/DigitalVision/Don Farrall y http://www.lifeintherainforest.org/amazonian-giant-centipede

Los milpiés tienen cuerpos más bien cilíndricos, un poco duros. Cada segmento aparenta tener dos pares de patas (que en realidad surgen de la fusión de un par de segmentos durante el desarrollo). Estas patas son cortas y finas en comparación al diámetro del cuerpo, como las cerdas de un cepillo. Además, el extremo posterior del cuerpo es redondeado. La cabeza también es redondeada y con antenas cortas. Como se mencionó antes, su andar es un poco lento.

En cambio, los segmentos del cuerpo de un ciempiés son mucho más aplanados y angulares, más suaves que un milpiés. Las patas son largas y gruesas, con extremos puntiagudos. Con estas garras pueden atrapar a sus presas. De manera distintiva, en la cabeza poseen dos largas antenas, y su extremo posterior regularmente tiene dos patas más grandes o diferentes al resto que se extienden hacia atrás.

Espero que este texto haya podido dar un poco más de información sobre los miriápodos y orientarte un poco a perderles el miedo. Son descendientes de uno de los linajes de animales terrestres más antiguos y su supervivencia a lo largo de cientos de millones de años demuestra una asombrosa adaptabilidad. Algunas especies son tan espectaculares que incluso brillan por medio de bioluminiscencia. La próxima vez que algún miriápodo se aparezca arrastrándose por ahí, no lo rocíes de insecticida. Agradece el papel que desempeña en el ambiente, quizá en una de esas ese ciempiés que tanta repulsión te genera se comió a algún bicho realmente nocivo.  Estrecharía tu mano, héroe de muchos pies, pero ¿por dónde empiezo?

 

 Referencias:

(1) Yasui K, Sakai K, Kano T, Owaki D, Ishiguro A (2017) Decentralized control scheme for myriapod robot inspired by adaptive and resilient centipede locomotion. PLoS ONE 12(2): e0171421. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0171421

*Imagen de la viñeta: Dominio Público, bajo licencia CC0.1.0